Nostalgia de la luz, el documental como museo
Desconozco la existencia de algún otro documental que tenga el mérito de constituirse en un museo, como es el caso de Nostalgia de la luz (2010), del cineasta nacional Patricio Guzmán. Específicamente, en un museo de la memoria, o mejor dicho, de las memorias que sobreviven en el desierto más árido del mundo, el desierto de Atacama. En ese lugar, tan infinito como enigmático, conviven científicos, arqueólogos y las mujeres de Calama, que buscan incansablemente los restos de los cuerpos de sus seres queridos que la dictadura militar desapareció.
Sofisticados observatorios intentan percibir las señales más lejanas del universo. Los astrónomos buscan e interpretan aquellas señales esperando obtener de ellas las noticias de ese poderoso enigma que es el origen, el del universo, del tiempo y de la vida, en su sentido más amplio. Por mientras, Nostalgia de la luz recibe una provocadora afirmación: "el presente no existe". Si la temporalidad del presente no existe, debido a la imposibilidad de asir su curso, el futuro es, entonces, una abstracción, de modo que solo disponemos de ese incesante repositorio que es el pasado, "el pasado más pasado de todos". Incómodo para el poder, necesario y liberador para quienes investigan y buscan en sus pliegues.
Un arqueólogo que ha dedicado su vida al estudio de San Pedro de Atacama enseña otras señales que hombres y mujeres dejaron grabadas en las quebradas y los muros de los cerros, las imágenes del arte rupestre, producidas por caravaneros prehispánicos. Ellas también son huellas y marcas del tiempo, lenguaje solo comprensible para los estudiosos de los pueblos originarios. Memorias siempre al borde de la desaparición.
Nostalgia de la luz pone en evidencia una dolorosa paradoja, mientras la ciencia es capaz de acceder al pasado más remoto, la sociedad, parte de sus instituciones y sus ciudadanos aún son incapaces de abordar del todo su pasado más reciente. En las distintas capas geológicas del desierto chileno hay momias y cuerpos que con el paso del tiempo se asoman a la superficie. También permanecen los vestigios de los trabajadores del salitre, esclavos de la industria minera, cuyos asentamientos dieron forma al campo de concentración de Chacabuco. Sus sobrevivientes, entonces detenidos, aprendieron a observar las estrellas y los cuerpos celestes. En la fascinación de aquellas constelaciones lograron calmar la tragedia del secuestro y la tortura.
Con una pequeña pala y una voluntad invencible las mujeres de Calama excavan el desierto. Buscan desde hace más de tres décadas restos, fragmentos, pistas que puedan dar luz sobre el destino de los detenidos desaparecidos. El desierto operó como un cementerio clandestino, situación que refuerza su compleja condición como lugar de memoria. "No me quiero morir sin encontrarlos", señala una heroica buscadora del desierto.



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