Cordillera adentro: un cuerpo y un ritual (sobre una performance de Lautaro Villarroel)

 

Me aproximo a un video del artista chileno Lautaro Villarroel, que encuentro en la red de Vimeo. El video en cuestión presenta la performance que lleva por título Princesa Caballero, propuesta que formó parte de la IV versión de Vanguardia Mistral, instancia creativa y expositiva que invita anualmente a destacados artistas locales a reflexionar desde diferentes disciplinas artísticas sobre el objeto icónico de Pisco Mistral, la barrica. La exposición tuvo lugar en el Centro Cultural La Moneda, en noviembre. 



La primera señal que me permite acercarme al trabajo de Villarroel corresponde al lenguaje propio del video que registra la performance. En nítido visionado en blanco y negro, el encuadre de la cámara abre camino desde un plano picado que presenta su ruta entre la monumentalidad matérica de la Cordillera de Los Andes, una porción de agua serena, oscura y lisa y un risco en el que se ha forjado un estrecho camino. Las coordenadas espaciales corresponden a las del Embalse El Yeso, localizado al interior del Cajón del Maipo. Al fondo, más cordillera. Esta visión expandida, quizás ofrecida desde la asistencia de un helicóptero, es pronto sucedida por otra de límites más fijos que expone un cuerpo y una escena. Se trata del cuerpo del autor que está emplazado en un río de agua sucia y de escasa profundidad. En él, su cuerpo de desplaza con dificultad y dolor. No podría ser la poética cristiana del agua que purifica la que acontece aquí, es más bien, un agua que pese a su superficialidad constituye un obstáculo que agota la  corporalidad y cala el talante del personaje, quien finalmente se encuentra más salvo a la orilla del río. Vestido completamente de blanco, el artista sigue en constante desplazamiento, esta vez en una tierra rocosa, polvorienta y seca. Su mirada la hemos extraviado porque la cámara la ha abandonado para presentarlo al interior de un diagrama espacial que casi lo homologa en escala con las rocas y el color de la tierra. Hemos oído los sonidos de la acción del viento, del agua que corre, de las piedras que han sido friccionadas por sus pasos.

Su sombra inclinada y fracturada se proyecta en las piedras angulosas. Otra línea blanca, liviana se agita llena de gracia como una cola emplumada. Vuelve a aparecer el cuerpo del autor -esta vez portando una chaqueta negra- afectado ahora por un viento que lo daña y lo contorsiona produciendo efectos teatrales como los de una escultura manierista, artificiosa y dramática que sufre por algo que se le escapa, porque el viento amenaza con arrebatárselo. Con gesto de dolor y tristeza, los ojos cerrados y los brazos que cubren y protegen su rostro se bate a duelo con algo que punza su cuerpo y no solo desde afuera. Cuando ya ha hecho suya aquella estructura blanca que el viento flamea y con la que se abraza y esparce en el suelo, aparece otra porción de ese tejido blanco que incorpora a su cuerpo. En ella y con ella encuentra cierto consuelo, un apuntalamiento emocional, una completud que persiste y se afianza aun cuando el viento empolvado le quite un trozo de aquella textura blanca que cubre la mitad de su cuerpo. Desde cierta distancia, aquella textura blanca pareciera sustituir un vestido con una larga cola blanca que lo persigue e identifica en aquel desierto cuando el plano se abre y el ojo lo ve danzando entre la morfología parca e inmensa del paisaje. Esta textura blanca es otra seña que vislumbra otra ruta para aproximarse al video y su acción, que se vincula con valores espirituales y expresivos que representan una dimensión positiva de la esfera humana.

Ya ha atardecido, según se observa en el plano entero que muestra un grupo de ovejas y cabras que caminan paralelamente con aquel viajero que ahora parece más bien un pastor. Aquel trayecto pareciera replicar un ritual o una procesión que es acompañada con una voz que canta, en su propio ritmo y entonación, el himno nacional. Se apodera del encuadre una cabra que descansa en la tierra, desde atrás y visto de modo difuso, aparece desdibujándose este viajero que ha girado la cabeza para mirar hacia atrás, para interpelar a otro cuerpo. No olvido el título del video: Princesa Caballero. Descubro que con ese mismo nombre se conoce a una producción de manga, de Osamu Tezuka, que cuenta la historia de Zafiro, la hija de un rey que debió ser educada y travestida como un hombre para perpetuar el poder de su padre. Me quedo con la idea de una identidad que ha sido perturbada. Quizás con un tipo de perturbación de distinto alcance dialoga la propuesta de Lautaro Villarroel. Pienso que la noción de viaje tiene un lugar relevante en la poética de la acción performática. En este viaje identificamos a un sujeto, un cuerpo que muta a medida que experimenta ciertos contactos particulares (en cierto modo, liminales) por medio de los cuales vuelve a confrontar lo noble, lo puro, lo primigenio con los rasgos de una humanidad escindida, cuyos pasos agobiados, vencidos, anhelan regresar a una alianza con la naturaleza. Pienso que es un viaje a sí mismo. 


Este texto fue escrito el año 2014. Agradezco la buena recepción que le dio Lautaro Villarroel. 


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